domingo, 24 de noviembre de 2013

JUDIOS Y ADLATERES SEUDOCATOLICOS.

  

LA CATEDRAL DEL PERIODISMO.
Los hechos:
RELATO MENDAZ DE UN JUDIO PROFANADOR Y SIONISTA
¨SECTARIOS HABRAN LAS PUERTAS DE SUS SINAGOGAS¨
en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires («liturgia de conmemoración» de la llamada Noche de los cristales rotos, entorpecida por cuarenta o cincuenta jóvenes y un sacerdote acudidos a rezar en voz alta el rosario al tiempo en que se pretendía celebrar el peculiar “oficio”), pese a la exigüidad numérica de los protagonistas y a la consabida indiferencia hacia todo cuanto huela a religión, suscitaron tal interés en los medios, que no podrían concitar sino otro y sucesivo interés en los católicos avenidos, como los búhos, a otear en la oscuridad reinante.
Salta a la vista, primero, la perfecta monolítica unanimidad de medios que se supondrían muy dispares (digamos, La Nación y Página 12), contestes todos en flagelar por diestra y por siniestra a jóvenes e incluso niños -convocados sólo a rezar, de rodillas, de cara al presbiterio- con el temible remoquete de “nazis”. Era sabido que a los periodistas, paridos todos por la misma perra y amamantados de una misma ubre, el salario de la prostitución les llega puntualmente desde las usinas orbitales de la usura, que no descuidan conceder su parte a los más rapaces políticos, a los pedagogos de la revolución de las conciencias, a los científicos de estirpe prometeica y a otros centinelas solícitos de la civitas Diaboli. Pero acá el celo guardián se les exasperó hasta lo imprevisto, al punto de vérselos en el absurdo de calificar de “asesinos” a pibes que no matan ni una mosca, entre otras hilarantes reivindicaciones instadas por el paisanaje que copó la catedral («Jesús y María eran judíos. Los católicos son nazis»), sin merma de que estaban siendo hospedados por católicos, siquier nominales. Y es que en este clima enrarecido creado por el Tribunal de la Profana Inquisición, donde no haya malevolencia habrá pura demencia, y lo que no responda a cobardía se ajustará a venalidad, a angurria de ascenso, a babeante apego a la prebenda.
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Nazis. Causaría sorpresa, si no nos supiéramos rehenes de la sociedad de la tolerancia, el ver aplicado con tanto furor -y empleado incluso como proyectil- un término alusivo a una opción política entre tantas. ¡Caramba! ¿O habrá que comprobar, por enésima vez, que rechazado el dogma religioso se acaba por dogmatizar incluso en el terreno de lo opinable, y que en la sociedad pluralista cabe la proscripción seca y áspera? Ya que el demonio no existe, que exista al menos Hitler. Y para los que buscan la verdad histórica y pongan en duda el relato oficial y amañado de los hechos -como ocurre en el caso de la “Noche de los cristales”- recaiga el más sonoro anatema, cuando no la expeditiva e ilevantable reductio ad hitlerum.
En este contexto cumple soportar, como es de rigor en democracia, la fiscalización agresiva de los necios. Como ese sodomita impenitente que sometió al superior de la FSSPX a una repugnante petición de principios
interrogándolo de paso acerca de su posición sobre el nazismo, y osando afirmar con temeridad: «qué lejos que siento que está usted de ese amor (de Cristo)» por el sólo hecho de oponerse a la consumación de una liturgia falsa en el principal templo católico de la Argentina. Inútil resulta aducir ante este tribunal, repentinamente interesado en los asuntos del culto, que no hay posibilidad de una communio in sacris con los infieles; inútil es blandir el Código de Derecho Canónico y traer la Mortalium animos de Pío XI en ristre: ellos cuentan con argumentos emocionales de mayor peso y, sobre todo, con el capital financiero suficiente para imponerlos.
«A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tiene necesidad de un grupo, por lo menos, al cual no concederle ninguna tolerancia, contra el cual poder tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno osa acercárseles, pierde también él el derecho a la tolerancia y puede también él ser tratado con odio, sin temor y sin reservas» (Benedicto XVI, Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la remisión de la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre, 10 de marzo de 2009). ¡Si lo sabrán los deudos de Priebke, y aquellos curas que le concedieron exequias y cristiana sepultura contra los decretos remozados de Creonte! El relato no admite fisuras, y así como Pearl Harbor lo tramaron los japoneses, la Kristallnacht hay que endilgársela al Tercer Reich, sin discusiones. Y para más, remembrar el inicio della Shoah en el templo mayor del catolicismo con una liturgia interreligiosa que resulta, por definición, profanatoria. Como para que no haya algún malpensado que musite, temeroso de que lo oigan las paredes: «los judíos quieren quedarse también con nuestros templos».
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La señora quiso emular, para el fotógrafo, un contraste similar al que se observa en la pintura del Bosco.
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CUESTIÓN DEBATIDA ENTRE CATÓLICOS (queremos decir, entre católicos) es la de la conveniencia o no de esta reacción. El argumento de que el mismo abuso se lleva consumado por cuarto año consecutivo contra la Catedral -y otras muchas veces contra otras iglesias- sin que en las anteriores ocasiones nadie lo impidiera, para extraer de esto una tesitura adversa, supone incurrir en una de esas falacias del género extra dictionem: la medida adoptada no resulta buena o mala por su novedad.
Acaso pudo recién ahora organizarse más eficazmente una resistencia, o quizás -¿por qué no?- quienes la emprendieron recién ahora sienten su paciencia colmada y la necesidad de intervenir. En fin: no es serio traer este tipo de argumentos, que acaban invariablemente por juzgar las intenciones -lo único que no se puede juzgar.
Otros recuerdan la actitud de ciertos cristianos en tiempos del imperio romano, que derribaban ídolos públicamente para atraer sobre sí la persecución. La Iglesia los condenó con justicia: no es lícito provocar el martirio, que en todo caso es una gracia que Dios concede no habitualmente ni a los cobardes ni a los temerarios. En la novela de R. H. Benson, Señor del mundo, una acción de este género (la voladura de la catedral sacrílega de Félsenburgh a manos de un comando de cristianos hartos de tanto circo blasfemo) es la que provoca el posterior bombardeo y destrucción de Roma y el encarnizamiento de la persecución anticatólica. Pero el caso que nos ocupa no es el de una acción ofensiva contra un templo o imagen paganos, sino la defensa de la Catedral y el desagravio de la Real Presencia en el sagrario.
Ni puede juzgarse la iniciativa por sus efectos. Es cierto que la profanación se consumó de todos modos, pero, ¿acaso Dios nos pide la victoria, o más bien el combatir honrosamente? En las manos de quienes a la sazón intervinieron no estaba mucho más que entorpecer o demorar la consumación de un agravio, y dar testimonio visible de un malestar que la Jerarquía de la Iglesia no puede desconocer.
Se ha llegado, muy posiblemente, a la hora de la división de aguas. El cisma no lo promueven quienes desobedecen a sus superiores, sino aquellos que -aun viviendo del altar y ejerciendo altos cargos en la Iglesia- rechazan la doctrina inmutable y por todos conocida. ¿Podrán los católicos fieles permanecer indiferentes ante las tropelías que, con renovado furor y ya sin embozo, preparan los enemigos intramuros?¿Pueden rechazarse acremente acciones quizás desesperadas, pero atentas a confirmar en la Iglesia el decoro que se pretende hacerle perder?

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Liturgia de monseñor Poli, con rabinos y pastoras a sus flancos
 LA CLAVE DE ESTE INOPINADO INTERÉS DE TANTOS A-CATÓLICOS por lo que ocurrió en estas circunstancias es la misma que explica el auge de Francisco, aclamado por aquellos a quienes hasta ayer nomás se les importaba un ardite del Papa y de la Iglesia. Deseosos de una “apertura” de la Iglesia según sus gustos, les ha repugnado de ésta lo que todavía conservaba de obediencia obsequiosa al Legislador celestial, y después de juzgarla lejana y desdeñosa de los hombres, ellos, los desdeñosos, por un inexplicable giro de la fortuna, se han visto repentinamente halagados con la idea de ingresar a su privilegiado cerco sin deponer el orgullo -condición primerísima para tal tránsito. En el fondo ansiaban entrar al redil que rechazaban, pero no para rendirse ante el Omnipotente sino para cumplir el oficio de jabalíes en la viña.
El veneno de la democracia (que no es un mero régimen político, sino una cosmovisión y un estilo de vida), tenazmente inoculado, les hizo creer que esta pertenencia era un derecho que no se les podía negar.
La herejía judeo-cristiana, síntesis imposible y sustituto vil de la conversión de los judíos (que debemos ansiar con caridad ardiente, según las promesas que a ésta asocia san Pablo en su Epístola a los Romanos), es una modalidad de las más significativas de este rechazo de los designios y de la ley de Dios, a la vez que una eficaz impulsora de ulteriores desvaríos religiosos. Trazando una semblanza del entonces cardenal Bergoglio, Antonio Caponnetto supo exponer en La Iglesia traicionada cómo esta laya de pastores mercenarios no quieren sino «exhibirse impúdicamente ante la sociedad no como maestros de la Verdad, crucificados por ella, sino como garantes del pensamiento único, tramado en las logias y en las sinagogas». Ellos, que fingen excusar las irreductibles distancias que nos separan de los judíos, viven para extender «las más innecesarias majaderías y adulaciones a los deicidas, empezando por la más grave de todas, cual es precisamente la de exculparlos del crimen de deicidio, renunciando a su conversión».
Esta intentona sombría por amalgamar Evangelio y Talmud, denunciada hace treinta años por Carlos Disandro en La herejía judeo-cristiana, supone por fuerza «la eliminación de la teología trinitaria, teándrica (…) para disolverla en un monoteísmo semítico». Contra esta impostura flagrante, bien hace el autor en señalar como «más sabia la disyunción, verdadera y más auténtica según la perspectiva de san Ignacio de Antioquía. Esa disyunción significa que el “judaísmo” debe retornar al hebraísmo, es decir a la filiación abrahámica, y por aquí a un nuevo encuentro con Melquisedec, desde cuya perspectiva quizás se pueda entender el misterio de su conversión.
En cambio el cristianismo no debe retroceder a nada, porque se funda no sólo ni principalmente en revelaciones doctrinales o místicas, sino en realidades nuevas, que han irrumpido en el cosmos y en la historia, y han relegado definitivamente la contextura del monoteísmo hebraico a un pasado perimido. Y así lo dice también en su estilo san Ignacio de Antioquía: absurdum est Jesu Christum sonare lingua, et habere in mente abolitum judaismum». Y en otro lugar el mismo santo: christinianismus non in judaismum credidit, sed judaismus in christianismum.
LA VISIÓN DE CASTELLANI. Los lectores del p. Leonardo Castellani, pocos pero fieles, recordarán el cuadro fantasmagórico que éste traza en Su majestad Dulcinea, novela acabada de escribir en 1956 y cuyo trago urge apurar en nuestros días. Allí se nos habla de la rebelión de los viejo-cristianos, cristóbales o cristeros (como sus homónimos y antecesores mexicanos) contra un gobierno civil impío y una jerarquía eclesiástica rendida al servicio de aquél. Son los tiempos inmediatamente pre- parusíacos, en los que una ley abyecta e inicua emanada por el poder civil (imposición de una «marka» con implícita connotación apostática) motiva una respuesta armada aunque desesperada, sin la menor expectativa de éxito, por parte de este «pequeño rebaño» finistemporal.
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Dulcinea Argentina, por Mariano Gabriel Pérez
También los cristóbales reciben maliciosamente el mote de “nazis” de parte de los principales diarios: EL TÁBANO, órgano del Partido Comunista Cristiano, LA FAROLA, órgano de la Masonería Escocesa-Argentina y LA TRIBUNA DE DOCTRINA, órgano del Movimiento Vital Católico. Así, el editorialista de este último «ponía seriamente en guardia al mundo entero “enfrente” de los peligros aún existentes de la infiltración nazi. Era poco cuerdo “banalizar” ese peligro (…) El nazismo sólo podía ser extirpado de raíz con medidas de máximo rigor de parte del Gobierno y con la vuelta a los principios de la civilización cristiana, como tantas veces lo “hubiera” dicho el ilustradísimo Capellán del Virreinato -no a los aforismos adventicios madurados por un clero fanático y rebelde, sino por la verdadera doctrina de Jesús de Nazaret, compendiada en estas tres palabras: Dulzura, Democracia y Prosperidad; y encarnadas en forma tan espléndida en el Movimiento Vital Católico, que unía en lazo de fraternidad a todo el Nuevo Continente, cuna de la paz del mundo».
Son tiempos aciagos, de cisma explícito, con dos papas: el falso, residente en Roma, que adoptó tras su elección un nombre que no había tenido ninguno de sus predecesores (Cecilio I) y el legitimo, León XIV, residente en secreto en Jerusalén, sañudamente perseguidos él y los suyos por la policía de un régimen de alcance mundial. El sermón de uno de estos últimos, el Cura Loco, da cuenta clara del estado de las cosas:
A la manera que la Iglesia dice: extra Ecclesiam nulla salus, ahora esta Contra-Iglesia, o mejor dicho Pseudo-Iglesia proclama: fuera de la “democracia” no hay salvación. A los que no admitimos esta sublimación ilegítima de un sistema político en dogma religioso, nos llaman peralistas o nazis o cristóbales. El ser “nazi” corresponde a una nueva categoría de crimen, peor que el robo, el asesinato, el adulterio y cualquier delito común; no de balde a la policía que lo persigue llaman Sección Especial. En realidad, corresponde al delito que en otro tiempo se llamó “herejía”; por eso dije que este “liberalismo” triunfante ahora es una cosa religiosa: es una religión falsa, peor que el mahometismo. (…) Se ha inventado y puesto en acción contra nosotros una Inquisición mucho peor que la antigua, “diametralmente” peor —como sería por ejemplo la inversión sexual con respecto a la simple lujuria—. Se está repitiendo lo que pasó en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII con la palabra “papista”, y con los que ella designaba, que eran los cristianos mejores, que fueron extirpados limpios del país en forma total: con la diferencia que ahora el proceso es mundial, y se esconde detrás de una hipocresía mucho más adelantada. ¡Nos matan en nombre de la libertad y en nombre de Cristo!
Toda esta persecución se hace en nombre del Cristianismo, del cual se han conservado los nombres vaciados y los ritos falsificados, llegándose hasta el fingir una adhesión zalamera y enteramente inefectiva al Sumo Pontífice de Roma. Se mantiene el aparato burocrático de las Curias y aún se fomenta su hipertrofia, pero todas las asisas sobre que el Cristianismo romano se asienta… como la independencia de la familia y la propiedad privada, la justicia social, el principio de legitimidad de los gobiernos, el control sobre los gobernantes, la decencia pública, la convivencia caritativa… la Ley en fin… todo eso ha sido aniquilado, de sobra lo sabéis, lo habéis sufrido en carne propia… haciendo al mismo tiempo mucho ruido con todas esas palabras. Se favorece al clero menos digno, en una diabólica selección al revés, y de hecho se ha creado un cisma en él, con el sencillísimo arbitrio de dar las sillas episcopales, no a los más dignos, que son los más doctos… no a los más inteligentes y espirituales, sino a los más políticos y puerilmente “piadosos”. Pero ¿a qué seguir? Todos lo conocéis por haberlo sufrido, mejor que yo. La adoración de Dios está siendo sustituida imperceptiblemente por la adoración del Hombre; y eso sin suprimir a Cristo, sino reduciéndolo súbdolamente a hombre. El misterio de iniquidad, que consiste en la inversión monstruosa del movimiento adoratorio de hacia el Creador en hacia la Creatura se ha verificado del modo más completo posible, sin suprimir uno solo de los dogmas cristianos, como la Virgen Madre, el Santísimo Sacramento, el Crucificado, solamente con convertirlos en “mitos”, es decir, en símbolos de lo divino que ES lo humano.
En este marco de adulteración nauseante del cristianismo, una Jerarquía cómoda y obesa se reunía cierta vez en la sede de la Curia local -justamente la actual catedral de Buenos Aires- para tratar las medidas a adoptar contra el Cura Loco, «enemigo número uno del país» y del episcopado. Entonces los monseñores Panchampla, Papávero y Fleurette debieron contemplar, azorados, cómo el rostro del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que adornaba la Sala Capitular, «regalado a la Curia por la Santería General Consolidada Satanowski and Co.» se mudaba imprevistamente en «el rostro humoroso del Cura Loco, anguloso y ojizarco», que venía a perpetrar allí escondido -y a expensas de una pequeña bomba atómica de fabricación casera con que contaban los cristóbales- uno de sus temibles atentados justicieros. Sobre el finiquito de lo que había sido la Catedral porteña, profanada de continuo por la presencia y por los actos de estos clérigos cuya sola existencia resultaba una odiosa infamia contra el sacramento del Orden, Castellani supo escribir estos párrafos, dignos de su genial fantasía y de su humor:
UNA VISIÓN DEL PADRE CASTELLANI.
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Catedral de Buenos Aires, hoy, antes de que se cumplan los hechos narrados por Castellani
La casa comenzó a deshacerse como un helado. Este fue el primero bien observado de los fenómenos de disocie de la materia que convulsionaron la Argentina y pusieron un momento de rodillas a su legítimo gobierno ante los cristóbales. El testimonio de los canónigos fue el primero que publicaron los diarios, tal y como los tomó la Federal (…)
Lo que vio el Vicario Fleurette fue lo siguiente: las paredes se iluminaron de golpe por dentro de un lívido fulgor fosforescente, a conjuros de un extraño silbido “como el escape de vapor de una caldera”. Todos los colores se disiparon y los muros se pusieron blanco lechosos. El material se iba poniendo poroso, como algodón o piedra pómez, la piedra se desvanecía y se iba venciendo lentamente sobre los consternados eclesiásticos, con una lentitud mortal, con una pachorra de siglos, con una especie de siniestra premeditación; pero parecía más liviana que la nieve, más irreal que el humo. Cuando el polvo impalpable llegó hasta sus cabezas, no vieron nada más; pero el tacto de los manoteos desesperados no hallaba resistencia, parecía nadar en crema chantilly. Sus gritos desesperados no sonaban. Cuando dos horas después los sacaron, estaban afónicos; y si embargo, nadie los había sentido. Salieron de un médano de polvo blanco, impalpable e impóndero de ocho metros de alto por media cuadra de base por lo menos -que era lo que había devenido en pocos instantes, por obra de la energía atómica (o el demonio, mejor dicho) el soberbio rascacielos de mármol de la Curia Metropolitana, construido magnánimamente a expensas del Superior Gobierno de la Nación, que ocupara el lugar de la antigua Catedral de Rivadavia, sobre la Plaza Roosevelt, antigua Plaza de Mayo.

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